Mareike Graepel (dpa) – El tránsito matutino avanza lento a lo largo del Liffey. El río divide a Dublín en norte y sur. Los niños en el asiento trasero del auto se preguntan cuántos de los 130 kilómetros de ciclovía a lo largo del Royal Canal deberán recorrer en un día.

En el punto de partida, en Maynooth, Áine Mangan tranquiliza a las chicas. Dirige la oficina de turismo Into Kildare. «Se puede recorrer una parte del camino en bicicleta, ir entrando a los pueblos o abandonar la ‘greenway’ en cualquier momento», explica en la terraza del Hotel Glenroyal.

Quien así lo desea, puede recorrer hasta cuatro condados en uno o varios días. E ir hasta Longford en bicicleta y explorar de esta forma el histórico este de Irlanda. Allí, la «greenway», accesible también para quienes se desplazan de a pie, se encuentra con el río Shannon.

La Royal Canal Greenway es la más nueva de las «greenways» de la República de Irlanda. Fue inaugurada hace unas pocas semanas. La ruta es también una de las más llanas: durante los primeros 60 kilómetros, el camino no asciende más de 60 metros en dirección al oeste. Vale la pena averiguar si esto lo vuelve realmente relajado.

¿Se podría haber empezado directamente en Dublín? Difícil, pero se está trabajando en una conexión del carril para bicicletas con la capital. Es por eso que, mientras, se recomienda pasar una noche en Maynooth, en el «Glenroyal».

Para que un carril para bicicletas sea considerado una «greenway» debe cumplir con determinados requisitos sobre los que pueden alegrarse los turistas que se desplazan en bicicleta: entre otras cosas, estos caminos deben tener cierto ancho y una correcta señalización. Tampoco puede haber en ellos «kissing gates», es decir, puertas de pastoreo con compuertas giratorias que retienen al ganado.

Si bien para parámetros irlandeses hace mucho calor, el viento es algo más fuerte ahora. La mañana está agradable. Hasta el punto de salida de la «greenway» y el Royal Canal Bike Hire, el centro de alquiler de bicicletas de Dave Butterfly, hay unos pocos metros.

«Necesitan bicicletas, cascos…», dice el irlandés. Uno de los niños más grandes gira la cabeza: «¿Cascos? Qué poco cool…». Pero es necesario tomar todas las medidas de seguridad pertinentes, también en esta isla verde.

«Y pantalla solar», continúa Butterly. ¿En serio? «Sí, con la ligera pero persistente brisa y por el desplazamiento mismo de la bicicleta uno no se da cuenta de lo rápido que puede quemarse el cuello, los hombros, las rodillas o las pantorrillas», afirma Butterfly, que sabe de esto.

Hasta Enfield son algo menos de 20 kilómetros, la etapa más larga de la «greenway». Allí está previsto un picnic. La motivación es grande, el sol brilla. Se atraviesan impactantes praderas verdes, en el canal y sobre el agua se observan nenúfares amarillos y pastos morados en las orillas. Libélulas, mariposas, estorninos, golondrinas, caballos, vacas y ovejas.

«Mira qué flores tan bonitas», exclama el niño más pequeño. Se refiere a las innumerables flores blancas de correhuela que acompañan como en un cuento de hadas la suave subida a una de las 46 esclusas históricas. Junto a ella hay una cabaña blanca con techo de paja y una puerta pintada de rojo. Irlanda como en un libro ilustrado.

Los irlandeses saben apreciar la naturaleza con la que cuentan. Y quieren mostrar lo que tienen para ofrecer. «En Enfield», había aconsejado Dave Butterly, «tienen que ir sí o sí al pequeño parque del lado derecho del canal, aunque la ‘greenway’ los quiera llevar hacia el lado izquierdo a partir de ahí».

Ahora queda claro por qué: un prado ofrece espacio para jugar, hay unas cuantas casas flotantes antiguas en el agua y un mágico parque como habitado por hadas invita a relajarse y descubrir paisajes.

Los niños están orgullosos de haber llegado hasta aquí. Y ahora se hacen incluso los valientes: la pelota de fútbol de otra familia cae al agua. ¡Oh, no! Un breve momento de intranquilidad, luego un plan: el aro salvavidas de la barandilla va a servir como caña de pescar, aunque en realidad está prohibido sacarlo de su soporte cuando no hay una emergencia. La acción tiene éxito.

Es hora de una lección de historia en plena naturaleza. En el pasado, los caminos a lo largo del Royal Canal se utilizaban para el remolque: caballos y vacas tiraban de las barcazas de Dublín hasta Shannon ida y vuelta. Hoy en día no se remolca a nadie, se pedalea obedientemente. Y las vacas y los terneros que del otro lado sorben agua del canal parecen aliviados de no tener que remolcar a nadie.

¿Pueden ser tan malos unos cuantos kilómetros en bicicletas de montaña y de paseo? «Yo creo que las vacas lo tenían más difícil que nosotros. Así y todo, no puedo más», se queja uno de los niños. En una de las próximas esclusas es hora de dar la vuelta y regresar a Enfield.

Las bicicletas pueden devolverse en el pub situado junto a la «greenway». La estación de tren está justo enfrente. El tren lleva de regreso a Maynooth. Ya tan solo esa parte de la Royal Canal Greenway fue de lo más entretenida. Los otros tramos quedan para una próxima vez.